Un agente de la Policía Nacional de Afganistán saluda a un contratista de seguridad británico en el distrito de Nāwa-I-Barakzāyi, provincia de Helmand, Afganistán, 22 de julio de 2009. (Foto de William Greeson / USMC / Public Domain)
Los líderes de todo el mundo deben hacer frente de forma rutinaria a las amenazas a su seguridad personal. Para los líderes de muchos países africanos, lidiar con esas amenazas puede ser un esfuerzo especialmente temible. Desde que obtuvieron su independencia, muchos países africanos han seguido siendo estados pobres y débiles llenos de facciones étnicas y políticas, por lo que es difícil para cualquier gobernante satisfacer sus demandas. Como solución, algunos líderes han impuesto un régimen autoritario para reprimir la disidencia, pero esta medida sólo alimenta la discordia.
Durante décadas, numerosos líderes africanos han sido asesinados o expulsados del poder. Por ejemplo, el ex líder rebelde y presidente de la República Democrática del Congo, Laurent Kabila, fue asesinado por su propio guardaespaldas, un niño soldado, en el año 2001. En estos países y tiempos tan volátiles, los presidentes, primeros ministros y otros jefes de estado en África han dedicado una considerable atención a garantizar su seguridad. A tal fin, varios estados de la competencia, además de particulares y empresas de seguridad privada han ofrecido sus servicios de protección a los líderes africanos a través de los años, por lo general con un motivo ulterior.
Cerca de 100 golpes de estado se han sucedido en África desde 1960, presentando un desafío y una oportunidad para que los estados fuera de la lucha por el poder en el continente volvieran a figurar en el mapa. Cuando los movimientos de independencia comenzaron a barrer África en la década de 1950, muchos de los países europeos que se habían repartido el continente tuvieron que buscar formas alternativas para mantener su influencia en sus colonias recién liberadas. Las antiguas potencias coloniales como Francia y Gran Bretaña lo hicieron mediante el apoyo a los líderes que defendían sus intereses —una prioridad en territorios con recursos naturales esenciales, tales como petróleo, diamantes, cobre y uranio—. La amenaza de inestabilidad en estas naciones emergentes y a menudo débiles proporcionó a sus antiguos estados patrones la oportunidad de prestarles su apoyo, ofreciendo acuerdos de defensa y de seguridad a cambio de la continuidad del flujo de mercancías.