martes, 16 de agosto de 2016

¿Por qué Estados Unidos no puede abandonar Afganistán?


Quince años después de que Estados Unidos invadiera Afganistán, la insurgencia talibán del país continúa, obligando al asediado gobierno afgano a continuar apoyándose en la ayuda exterior. La persistente amenaza de los talibanes a la estabilidad política, unida a la amenaza creciente de Estado Islámico en el este, harán que sea casi imposible para los Estados Unidos escapar del conflicto afgano en el corto plazo.

Las señales claras de la capacidad de los talibanes de soportar una guerra de desgaste surgieron ya en diciembre de 2014, cuando la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad de Afganistán llegó a su fin. El objetivo de la misión era pasar de las operaciones de contrainsurgencia a las operaciones contraterroristas (de menor intensidad), una reducción que sería facilitada por un acuerdo político previo con los talibanes. Pero a pesar de las largas negociaciones de paz, la insurgencia en Afganistán sigue siendo tan intratable como siempre.

El año pasado, la tradicional ofensiva de verano de los talibanes puso de relieve algunas de las deficiencias de seguridad más preocupantes del gobierno afgano. El 27 de septiembre, los talibanes tomaron la ciudad norteña de Kunduz, y aunque las tropas afganas recuperaron la ciudad con la ayuda de las fuerzas estadounidenses, los insurgentes han mantenido una presencia en el norte del país desde entonces. Para finales de 2015, los talibanes controlaban o habían tenido una fuerte presencia en aproximadamente el 30 por ciento de los distritos de Afganistán. Kabul perdió su control sobre otro 5 por ciento de su territorio en la primera mitad de este año. Ahora, los talibanes mantienen aproximadamente un tercio del país  —más territorio del que han tenido en ningún momento desde que Estados Unidos derrocara su gobierno en 2001—.


Cambio de Estrategia

La insurgencia en aumento, junto con el estancamiento de las conversaciones de paz, han obligado a Washington a reconsiderar su estrategia en Afganistán. En marzo, el General John Nicholson se convirtió en el comandante de las Fuerzas de EE.UU. en Afganistán y de la misión Resolute Support. Desde entonces, Nicholson ha liderado una estrategia más dinámica que hace hincapié en la ofensivas contra los talibanes, especialmente en el este.

El 9 de junio, el presidente estadounidense Barack Obama también otorgaba mayor autoridad militar a los 9.800 soldados estadounidenses estacionados en Afganistán, dando a los soldados, además de la tarea de formar y entrenar, la posibilidad de poder unirse a las fuerzas afganas convencionales en el campo de batalla si se consideraba que su presencia tendría un "efecto estratégico". La medida amplíó el alcance de las misiones de ataque aéreo que apoyaban las tropas estadounidenses y afganas. Por otra parte, Obama anunció en julio que Estados Unidos mantendrá 8.400 soldados estadounidenses en Afganistán hasta finales de año, en lugar de reducir sus filas a 5.500 como se había previsto anteriormente.

Las nuevas fuerzas y capacidades operativas ya han dado sus frutos este verano. Los soldados afganos, apoyados por sus homólogos de Estados Unidos, abrieron la temporada atacando a los talibanes en el distrito de Maiwand de la provincia de Kandahar. A continuación, centraron su atención hacia el este hasta la región montañosa a lo largo de la frontera entre Afganistán y Pakistán, donde asaltaron a combatientes Talibanes y de Estado Islámico en la provincia de Nangarhar. Las ofensivas, que recibieron un apoyo sustancial de aviones de EE.UU. y de fuerzas de operaciones especiales, han hecho retroceder e infligido fuertes bajas a ambos grupos. (Se estima que solo el Estado Islámico ha perdido a la mitad de sus 3.000 combatientes en Afganistán durante los últimos seis meses.)

Unas victorias eclipsadas

Sin embargo, estas victorias en el campo de batalla, han sido eclipsadas ​​por las victorias mucho más grandes de los talibanes en otras partes del país. De particular preocupación para los gobiernos estadounidenses y afganos es la provincia de Helmand, una región estratégica del sur que es el hogar de una población pastún de tamaño considerable y que posee una considerable cantidad de opio. A pesar de los ataques aéreos de Estados Unidos ​​en la zona, los talibanes —que ya controlan el 80 por ciento de la región— han invadido de manera constante la capital provincial de Lashkar Gah. De hecho, "ciertos informes" aseguran que los insurgentes han desplegado una nueva fuerza de comando equipada con medios de visión nocturna y con francotiradores para facilitar su avance en Helmand.

Mientras tanto, los talibanes también han lanzado ofensivas en todo el país para diezmar a las fuerzas de seguridad afganas, dejándolas incluso más desgastadas de lo que ya están. De este modo, los talibanes están tomando ventaja de una brecha creada por los recientes cambios en la estrategia de EE.UU. y Afganistán: los puestos de control. Para reforzar las fuerzas necesarias para su campaña ofensiva, el ejército afgano ha tenido que debilitar e incluso desmantelar muchos de sus puestos de control. Esto ha dado lugar a que los combatientes talibanes en numerosas áreas tuvieran la oportunidad de converger en las carreteras principales y aislaran y coaccionaran a los pueblos abandonados por el ejército para que se unieran a ellos sin tener que lanzarles agresiones directas para que se lo pensaran mejor. Los talibanes han aplicado con éxito esta táctica en varias provincias, entre ellas Uruzgan y Ghazni.

Incluso en el este, donde los talibanes y Estado Islámico han peleado mucho entre sí, los dos han alcanzado un alto el fuego temporal para enfocar mejor sus esfuerzos en atacar al gobierno. El cese de corto plazo en las hostilidades ha permitido a los talibanes poder concentrarse en hacer retroceder a las tropas afganas en la provincia de Nangarhar, mientras que el Estado Islámico ha ampliado su alcance en la vecina Kunar. Sin embargo, tal vez lo más preocupante, son los intentos de los talibanes de reconstruir su presencia en el norte. La presencia del grupo supone una grave amenaza para la fundamental carretera de circunvalación de Afganistán, que circunda el país, sobre todo en la provincia de Baghlan, donde los talibanes están tratando de cortar una parte de la carretera para restringir el acceso de Kabul a las provincias del norte.

Los estrategas militares de Washington esperaban originalmente que los soldados afganos fueran capaces de mantener el orden más de una década después de la invasión inicial de los Estados Unidos. Pero con la inestabilidad que sigue asolando Afganistán al norte, sur y este, los afganos son tan dependientes del apoyo aéreo y la tutela de las tropas extranjeras como lo eran cuando comenzó la Operación Libertad Duradera. Sin embargo, la retirada de los Estados Unidos de Irak  —y la consiguiente ascensión del Estado Islámico— sirven como una advertencia a los socios extranjeros de Afganistán. Por temor a un resultado similar, los Estados Unidos continuarán enviando al gobierno en Kabul toda la ayuda que necesita para mantenerse a flote, incluso mientras Washington y sus aliados de la OTAN están ansiosos por marcharse de allí.

En Resumen

- La insurgencia talibán continuará amenazando el control del gobierno afgano sobre el país.

- Será difícil derrotar al Estado Islámico en Afganistán a pesar de la debilidad del grupo en otras áreas de operaciones.

- Los socios extranjeros de Kabul, incluyendo los Estados Unidos, tendrán dificultades para poner fin a sus compromisos con el asediado gobierno afgano a causa de la omnipresente amenaza talibán.

- Créditos de las fotos: 
Kaily Brown / Combined Joint Special Operations Task Force – Afghanistan / USA

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